
Gracias a todo mundo que me deseó Feliz Navidad, yo también deseo que la hayan pasado bien y cada uno a su modo. Recibí felicitaciones en todo lugar que visité, la mayoría de quienes conozco se portan mejor estos días, el resto ya ha mantenido un comportamiento impecable este año así que no hay que preocuparse por ellos pues seguirán con esa actitud durante el 2008. Mi día 25 no fué de lo más feliz, más bien fué aburrido. El 24 si me la pasé bien, cené con mis hermanos (claro, faltó Kennasaw), mis padres y se agregó a nuestra fiesta el buen primo Daniel. Después de cenar platicamos todos acerca del viejo barrio dónde vivió mi madre, hablamos mucho acerca de vacas, vegetarianismo, budismo y el resto de las religiones, el placazo y la organización tapatía en pro de la bicicleta y ya no recuerdo de qué más, pero todo fué interesante, de alguna manera. La Noche Buena rulz.
El 25, aburrido, visitamos a parte de la familia, aunque terminé en casa de la tía de no sé quién rodeado de personas a quienes veía por primera vez y no despertaban un serio interés en mi por conocerlos. Creo que entrar a esa casa esquivando las botellas vacías de Tequila que habían dejado sobre el suelo fué mala señal. No pude comer ahí, había un terrible olor a cigarro así que sufrí hambre hasta que regresé a mi casa ya muy tarde. Y todavía me preguntaban, cómo lo hace el Guasón, “¿Porqué tan serio?”.
Claro, a mí me gusta beber, pero no soporto a los borrachos.
( El primo Daniel siempre que me visita suele llevar los CD’s que recién ha conseguido, los escuchamos y yo aprovecho para rippearlos, je. Esta vez llevó el “Hail to the Thief” de Radiohead lanzado el 2003, donde se encuentra el track llamado There, There )
A veces me arrepiento. No de las cosas trascendentales, sino de las pequeñas e insignificantes decisiones a las que después odiamos por haberlas tomado. Pues, este fin de semana, fuí invitado a un bautizo. Normalmente cuando me invitan a esa clase de celebraciones llevo mi cámara y fotografío lo más que se puede. A veces imprimo las fotos, a veces no, pero cuando las imprimo las regalo al festejado. Al final no me dedico a eso, siempre habrá profesionales que hagan el trabajo.
Ese día del bautizo decidí no llevar mi cámara. Cuando la llevo me siento obligado a usarla, retrato a los invitados, al niño (niña, en este caso) recién bautizado, al papá, a la mamá, los padrinos o papá, mamá, padrinos e hijo. Pero, esta vez no. Esta vez iba a la fiesta, a comer, talvéz a bailar y dejaría los retratos a los profesionales, para eso están. Ahora me arrepiento.
En la ceremonia del bautizo en sí, no hubo nada interesante. De todos modos me prestaron un K790 para fotografíar el momento de la pila, el agua y todo eso. Y, de todos modos, había un hombre y mayor contratado para registrar todo lindo momento. Lo interesante fué en la fiesta, ahí comencé a pensar que había sido un error salir sin cámara, por todo rincón del lugar que se rentó para festejar se podía ver acciones y objetos que merecían ser fotografiados. “¡Maldición!” me decía a mí mismo.
Había muchos niños, juegos, un “brincolín” y hasta un toro mecánico en miniatura. Me acercaba e imaginaba como podrían haber quedado las fotos, hasta cerraba un ojo tratando de encuadrar. “Demonios” me decía. Ya más tarde llegó una mujer joven, con dos réflex al hombro, anduvo de mesa en mesa fotografiando a los invitados (a mí me tocó salir con mi abuela, una tía y mi sobrina), colocó a la recién bautizada en el jardín, batalló para que volteara a ver la lente, fotografió al papá, la mamá, padrinos, etc. Ya, por lo menos, alguien fotografió el asunto y no me sentía tan mal por haber dejado mi cámara en casa. Un par de horas después, la fotógrafa regresó con las fotos, pegadas en un portaretratos de papel y las repartió. No sé cuánto habrá cobrado esa mujer, personalmente no pagaría mucho por lo hizo. Las fotos de mesa en mesa eran horribles, veías botellas cubriendo la cara de algún invitado o gente de otras mesas dando la espalda. También hizo retratos a varios niños y no tuvo la delicadeza de agacharse para fotografiarlos. Usó bastante flash, la sombra de las personas se proyectaba contra la pared y parecía que usaban cabello a la afro. Al pobre padrino se le ocurrió llevar pantalón negro y en la foto más importante (la de mamá, papá, padrinos y bautizada) se confundía con un arbusto del jardín, imposible saber donde terminaba el pantalón y donde comenzaba el arbusto.
Terminó la fiesta y yo ya no entendía porque decidí no llevar la cámara. Además, no disfruté mucho, pasé parte de la tarde cuidiando que mi sobrina no cayera del columpio o de la resbaladilla. Habría disfrutado más la tarde de haber llevado la cámara, además, mi sobrina siempre posa.
Yo aparecí en la foto con la piel demasiado blanca y los labios demasiado rojos. Maldita mujer fotógrafa.
( Mi Viejo, interpretada por Vicente Fernández, debe aparecer en alguno de sus tantos discos. ¿Compositor? Ni idea. Fotografías bendecidas y bien expuestas a quien cuente el dato )
Digamos que, por curiosidad, me dirigí al cine a ver por fin el super documental de Olallo Rubio “Y tu ¿Cuánto cuestas?”, en internet, Olallo es el conocidísimo podcaster que lleva a la comodidad de tu iTunes un montón de quejas socio-políticas adheridas a bromas de relleno. En Guadalajara ese documental se presentó durante el Festival Internacional de Cine en Guadalajara (en su edición XXII), pero, por el difícil horario no pude verlo. Solo hubo que esperar dos meses para que apareciera en la principal cadena de cines del país, para que todos en México (o la mayoría) pudiera disfrutarlo.
Debo decir que desde el momento que supe de qué trataba el documental y de quién venía solo la curiosidad me tenía atado a la idea de verlo. Los documentales suelen ser bastante buenos, vas, los ves y sales con la mente llena de moralejas y ganas de cambiar. Al día siguiente talvéz olvides tus ganas de cambiar, pero, por lo menos el impacto inmediato del documental se logró. Ahora, con respecto a “Y tu ¿Cuánto cuestas?”, en este momento, este post pasa a ser parte de todos aquellos que han estado criticando el contenido mediocre y gastado que se presentan en esos 90 minutos de animaciones vistosas y ese odioso humor que pretende ser irónico.
Lo primero, el objetivo del documental no me quedó claro. Se presentan datos de manera aleatoria, el tema cambia de igual manera, pasan de la influencia de los medios en las decisiones humanas a la visión gringa de México y viceversa. Coca-Cola y su plan diabólico de conquistar lo que queda del mundo. Después legalización de drogas y un segmento de comicidad mal lograda, luego “¿te gustaría ser negro?”, la guerra en Iraq, clonación, Chiapas y el consumo de Coca-Cola, Taco Bell, Coca-Cola es mala, la tele es mala, ¡Coca-Cola es mala! Vuelven a la visión gringa de México y viceversa y así. Talvéz no sea el orden correcto, pero no importa, así, al azar, se presentan todos los casos dejando no muy claro si deberías tomarlo todo en serio, dada la naturaleza del propio autor al que no se le reconoce por ser un tipo prudente o sensato.
Así que, jamás comprendí si la respuesta a la pregunta en el título era la de conocer el valor comercial de un cuerpo humano en el mercado negro o el valor moral de cada uno de nosotros. Esperaba un mensaje de igualdad y una invitación a respetarnos los unos a los otros, pero, el único consejo que recibes (hasta el final) te hace pensar que Olallo es tan solo un tipo arrogante.
Comentarios Aleatorios:
1) Aunque el documental denuncia desde el principio la tenebrosa intervención de los medios en el intelecto de las masas y, abiertamente, culpa a la Coca-Cola y a Pemex de distintas actitudes dañinas, jamás, en ningún momento, el narrador menciona el nombre de Televisa o TVAzteca. Aparece el logo de Televisa, un par de veces, pero nada más.
2) El único dato que podría ser interesante es el valor total de un cuerpo humano, sus órganos y tejidos, cada uno con su precio por gramo o mililitro. Pero, todo se derrumba cuando observas que no hay ninguna fuente que sostenga tales datos. Uno de los entrevistados en Nueva York mencionó que en e-bay pudo ver a un tipo que trató de subastar uno de sus riñones alcanzando un precio nada despreciable. Pero nada más.
Apoyen el cine Mexicano, al bueno.
( De la female fronted metal band conocida como Dream Theater, la pieza The Root of All Evil, contenida en el álbum “Octavarium” del 2006 )
Tan popular se ha vuelto en México aquello del tunning car (prácticamente desde que apareció “The Fast and the Furious”) que la gente ha creado clubs, organizan carreras clandestinas (la policía los atrapa), hay concursos de originalidad y cosas así. Este fin de semana, en la Expo Guadalajara, se organizó algo llamado Expo Car Audio que pretendría reunir no sé si a expertos en audio o a modificadores o ya de perdida a un buen número de asistentes.
Yo tengo siempre una actitud pesimista sobre las expos automotrices en México (exceptuando las de la frontera norte). Invariablemente encuentras automóviles que se ven espectaculares de lejos pero que fallan a la hora de los detalles, pantallas inútiles que inundan el auto, estereotipos, pretenciones, fayuca y/o electrónicos chinos, piratería y demás actitides y acciones que anuncian, desde que entras, que fué una terrible idea pagar tanto dinero por entrar. Es terrible, pero siempre acierto, todo eso que describí fué con lo que me topé en la Expo Guadalajara.
Hay una extraña costumbre dentro de los “amantes” del tunning car, consiguen un auto y lo primero que hacen es montarle al interior un dineral en pantallas, bocinas o luces. Estoy de acuerdo que la comodidad del conductor y pasajeros es primordial, pero es una exageración (y una terrible idea) colocar un monitor de 15 pulgadas al centro del tablero. O instalar pantallas en las cabeceras siendo que nadie podría ir sentado viéndolas porque la parte trasera está llena de amplificadores. Peor aún, hacer todo eso en un automóvil que supuestamente es de uso diario. Todavía peor, hacerlo mal. Se reemplaza el tablero con una pieza de fibra de vidrio deformada, vieja y mal pintada, los cables corren a travez del piso cuando deberían ir ocultos, utilizan elementos que se ven “chidos” (luces de neón, terciopelo, cráneos que parecen humanos) pero que en la práctica son “gachos” (nacos, pues).
Desde un punto de vista muy particular (como siempre es en un blog), creo que el principal espiritu del tunning car es la velocidad. Ir más rápido. Y se trata de hacerlo con elementos que no están hechos específicamente para eso. Puedes tomar el coche viejo de tu papá y terminar con una bella máquina, ligera, potente y muy personal. Se trata de invertir tiempo y dinero propio para crear algo que al final valorarás (por ese tiempo y ese dinero propio que invertiste).
La principal atracción de la Expo fué una persona: Chip Foose. Menciono que es el más famoso restaurador / modificador / artista dentro del mundo televisivo / automotríz. Se le conoce por Overhaulin’, el programa donde se roban un coche maltrecho y en siete días lo devuelven mejor que nuevo (como “Enchúlame la máquina” pero con menos negros y más creatividad). Y si, Foose estuvo ahí, firmó autógrafos, paseó por la expo y se dejó fotografíar. Hubo ahí otra decepción: no hubo autos de Foose.
Hay unos detalles que deberían cuidarse si alguna vez deciden organizar otro evento:
¡Qué bueno que mis boletos fueron gratis!
( De Van Halen, grabada para lanzarse en el disco “1984″, la pieza Panama )