
La camioneta en la que tuve el accidente el año pasado sigue en el taller de reparación. Si, desde aquella vez, la pobre se la pasó arrumbada prácticamente un año en el terreno casi baldío de un buen amigo de mi padre, que dedica su vida a aquello del laminado y pintura, cuya costumbre era prometer cada semana que quedaría lista pronto. Hace poco mi padre decidió no creer más en la promesa y acertó en retirar la camioneta para llevarla con alguien más. Ese alguien más, en menos de una semana, ha avanzado bastante. Tanto que la camioneta ya está lista para entregarse, claro, después de resolver unos cuantos detallitos: encontrar el módulo de control electrónico de motor, el acumulador, un cristal para puerta derecho y el catalizador, partes que el buen amigo de mi padre se encargó de “tomar sin permiso” para venderlas. Aunque, bueno, ese buen amigo de mi padre dirá que solo las prestó.
Los viejos me abruman. Esa falta de entereza disfrazada de prudencia o aquello que le llaman “sabiduría que solo el tiempo y los golpes dan” da risa. Los viejos que conozco me abruman.