
La manera en que hemos denominado ese padecimiento, esos nuevos síntomas, ese cambio en la cultura, la nueva visión, el cristal distinto con que ahora nos tocará ver la vida es esa: “Síndrome de los 24″. Para los nacidos justo a la mitad de los ochentas este es (fue o será) el año donde se alcanza tan controversial edad en que, se supone, a todos nos dará por tomar en serio todas las situaciones inherentes a nuestra calidad como adultos. Como seres biológicamente desarrollados, con una carrera académica más o menos importante y una vida económicamente activa que despega, ¿Qué otra cosa haría falta para declararnos como individuos totalmente integrados a su vida en sociedad?
(Truenos).
Matrimonio. Hijos. La vida compartida. Elección. Coherencia. Eew.
Yo, aún con 23 y a menos de un mes para que se extingan, puedo tomar dos opciones: 1) Intentar sortear ese obstáculo al que, por infranqueable, terminaré rindiéndome sin remedio o 2) Rendirme de una vez, aceptar lo que me espera y entregarme a la dicha que acarrea todo ese paquete de prometedoras satisfacciones.
La opción 2 suena bonito, ¿Qué no?