
Hace poco comencé a pensar sobre qué clase de cosas me han dejado las mujeres que he conocido estos recientes años. Al principio creí que tan solo era el gusto por Soda Stereo o Belle & Sebastian, pensé que solo había aprendido a admirar sus pasiones, que tan solo me habían enseñado que tolerar no es lo mismo que comprender o aceptar.
Lo que en realidad aprendí fue a acercarme a lo que siento, a reconocer y no ignorar los sentimientos que ellas mismas me provocan. Aprendí a sentirme más seguro a inclinarme por una vida donde es posible enfrentarme a todo en compañía y nunca más eligiría ni me lo imaginaría haciéndolo solo.
Por último aprendí que prácticamente no hay razones distintas al cariño que me animen a construír algo que esté por encima de lo convencional, a esforzarme por crear algo distinto y mejor, algo excepcional, un nuevo plan; un camino quizá atípico, pero para el que deseaba un destino inmejorable. Y con el cariño basta. Pero, al parecer, una sola razón que exista para crear no podrá en contra de las millones de razones que repentinamente aparezcan para demoler.
Me prometí a no desatender lo que ocurre dentro mío, pero solo hasta el Lunes. Después, como lo he hecho antes, desconectaré el enchufe.